El Referéndum parece ser la última instancia previa al enfrentamiento violento, repiten los actores políticos del momento. Y no deja de ser verdad, pues la diferencia entre bolivianos parece sumar y seguir a cada momento. A la diferencia ideológica, se ha agregado la diferencia regional y étnica, poniendo en riesgo la nunca entendida “unidad” nacional. El “soberano” se expresará nuevamente para premiar o sentenciar al cambio de las primeras autoridades del Estado Boliviano. Será el cuarto (¿o séptimo?) referéndum en menos de cuatro años y volveremos a la dinámica electoral polarizada, anticipando extrema pasión de los activistas. Revisando algunas imágenes de lo que pasó y de lo que puede anticiparse en el Revocatorio de agosto, el panorama no parece cambiar significativamente.

Pese a su desprestigio internacional, el Referéndum cruceño del 4 de mayo, mostró una comprometida orientación democrática de los cruceños con su región y futuro. Si alguna imagen se puede destacar de la jornada de la consulta Santa Cruz, fue la profunda vocación democrática del pueblo. Fue conmovedor ver a los ciudadanos cuidar su proceso de manera militante y defender su ánfora, cual tesoro que les garantizaba la posibilidad de un futuro “para mejor”. Sin policía, ni protección institucional del Estado, además con aparatos de choque financiados desde los circuitos oficiales, el evento se llevó adelante y ningún argumento retórico puede negar su legitimidad. Las conclusiones legales son inciertas seguramente, pero esa fue la apuesta de un pueblo que busca encontrase con su destino. Es muy difícil establecer que los cruceños en su totalidad hayan comprendido los alcances del instrumento legal denominado Estatuto Autonómico, pero lo que no puede negarse, es que bajo esa consigna simbólica y discursiva, pretenden trazar los mapas de su nueva realidad.
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