A primera lectura es fácil percibir que la nueva Constitución tiene la máxima extensión horizontal de la democracia, en una línea transversal que abarca prácticamente todas las relaciones sociales. Esa línea horizontal es irrenunciable porque ha sido ganada a pulso en una lucha de siglos de exclusión. Lo que es negociable es la línea vertical de funcionamiento del gobierno: todo el tema de las jurisdicciones y competencias centrales o autónomas. ¿Puede, entonces, ser calificada de racista? Magda Lidia Calvimontes, constituyente tarijeña, viene en mi auxilio con un correo muy oportuno del cual selecciono algunos argumentos:
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